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bianchimanu 06 de Setiembre de 2018

Verdaderos constructores del alma

Este año se celebra el recuerdo por los 100 años de la Reforma Universitaria, un hecho valorado en virtud de su repercusión a nivel nacional e internacional. No fue casualidad que la actitud reformista proveniente de la provincia de Córdoba nos consolidó como pioneros en el mundo en materia de educación universitaria.

Todo comenzó con un fuerte clamor de estudiantes que pedían dejar de lado dogmatismos para entrar en el mundo del aprendizaje científico; un pedido que resonó en distintos puntos educativos del país, hasta llegar a oídos del entonces presidente Hipólito Yrigoyen. Aquellos estudiantes fueron jóvenes inquietos que se animaron a ver más allá, a tener una mirada superadora. No tuvieron miedo de creer que el verdadero aprendizaje es aquel que se puede aplicar a la realidad social.

La antesala de los movimientos que precipitaron a la Reforma Universitaria estaba conformada por la reciente apertura del sistema político argentino, fruto de la ley de sufragio de 1912, que dio inicio a un mayor espíritu cívico y democrático en las distintas esferas de la sociedad de la época. Se trataba de un escenario que respondía a la democratización que solicitaba el siglo XX.

Lo innovador y revolucionario de la Reforma Universitaria yace en el hecho de que se constituyó como mito fundacional para un conjunto de movimientos estudiantiles en diversos lugares y momentos de la historia del siglo. Un ejemplo notable es el Mayo Francés del 68, cuyo fundamento encuentra coincidencias con las motivaciones de los reformistas cordobeses; por ejemplo, la exigencia por el reconocimiento del derecho a exteriorizar el pensamiento propio de los cuerpos universitarios por medio de sus legítimos representantes.

En definitiva, uno de los más grandes logros que nos ha dejado la Reforma ha sido la introducción de la variable democracia en la educación universitaria, con todos sus valores: libertad de pensamiento, participación en los organismos de decisión, libertad de expresión. Estos valores democráticos forman parte de los principios de cada establecimiento educativo universitario existente al día de hoy, por lo que es un triunfo que debe ser protegido y garantizado por todos los actores del sistema educativo argentino.

La conmemoración de esta Reforma debe interpelarnos y hacernos preguntar cuál es el rol que queremos que tenga la universidad en nuestra sociedad actual. Las universidades constituyen un importante enclave social y funcionan como una fuente de conocimiento para todos los estudiantes que conviven en ella. Conforma el espacio por excelencia en el que los aprendices desean encarrilar en buenas causas todos sus sueños, proyectos y ambiciones que poseen cuando le confían a una determinada universidad su formación.

Los jóvenes reformistas del 18 sostenían que “la juventud vive siempre en trance heroísmo y que no ha tenido tiempo aún de contaminarse”. Cualquier joven, sea cual fuere su condición social, proyecta. Indefectiblemente, en algún período de su juventud, se preguntará cuál será el camino que tomará en la vida que tiene por delante. 

En los tiempos actuales, el rumbo que debe tomar la educación se encuentra en el eje de la discusiones políticas casi diarias. A su vez, existe la conciencia de que si se quiere potenciar la formación de un estudiante, no basta con enviarlo a un instituto de educación terciaria o universitaria. La vocación de los jóvenes comienza a forjarse en las escuelas y en las familias. A diferencia de éstas, la misión de la Universidad es darle un justo cauce a sus cualidades, para que se hallen en consonancia con el bien común de la nación.  

Es por este motivo que, la mirada debe estar puesta sobre los educadores. Aquellos profesionales son el puente entre el conocimiento, el aprendizaje, y el estudiante. Es indispensable que todo el cuerpo docente del país y la clase dirigente tomen real dimensión sobre la importancia del rol que cumplen los profesores en nuestra sociedad. En sus manos, como Estado y sociedad civil, se deposita la responsabilidad de educar a las actuales y futuras generaciones, en sus valores y especializaciones. La responsabilidad social que conlleva esta vocación debe verse traslucida en una política pública que le garantice al docente tal seguridad económica que le permita ocuparse -exclusivamente- en la tarea de exprimir la potencialidad del estudiante.

El país necesita que el centro neurálgico de la docencia universitaria sea explotar al máximo el potencial de cada estudiante que se acerca a una clase dispuesto a aplicar lo aprendido a la realidad que lo convoca. El potencial de una persona se da por exprimido cuando se logra conciliar conocimiento técnico-científico, valores por lo que valga la pena luchar y compromiso social. No es sano para un país que abunden teóricos idealistas y falten protagonistas sociales que apliquen su saber.

En la Reforma Universitaria del 18, los estudiantes pedían que los maestros sean “verdaderos constructores del alma”. El desafío actual pasa por formar incansablemente a profesionales en la educación que faciliten el surgimiento de una generación plena en sus valores y en la recta aplicación de su más íntima vocación. Pasado el centenar de años, debemos seguir promoviendo esfuerzos para que todo maestro, docente o profesor haga aportes a la construcción del alma de cada estudiante.

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